Columna de Alberto Peláez

Somalia, el infierno del caos

Septiembre 2019
Star News - Somalia, el infierno del caos

Durante el viaje veríamos pueblos perdidos de la mano del hombre, lugares donde nunca llegó el avanzado siglo XX ni mucho menos el actual siglo XXI.

Esperábamos impacientes al chofer que nuestro traductor había contratado. La luna estaba escondida; esperaba su plenilunio. En las calles de Mogadiscio apenas sí había luz. Somalia era un Estado fallido. No había casi electricidad, el agua no era potable y no existía ninguna legislación.

El niño Capute solo tenía nueve años pero manejaba su vida como la de un adulto. Sabía moverse como un auténtico corresponsal de guerra pese a su corta edad.

—Va a tardar todavía. Sigue masticando cat— me dijo muy seguro Capute.

El maldito cat. Se trataba de una hierba alucinógena. Era el particular whisky de Somalia. Los somalíes no tenían dinero. El precio del alcohol era inalcanzable. Por eso los somalíes masticaban cat. Además, al ser un país musulmán, el alcohol estaba prohibido. Solo lo consumíamos los periodistas en el mercado negro; lo hacíamos para intentar olvidar una guerra que se había convertido en imborrable en nuestra retina y en las del resto de la población.

Se llamaba Kidwe. Manejaba un destartalado carro que parecía muerto en vida. El coche era viejo. Parecía embriagado como su conductor por el cat. Todavía iba masticándolo por el camino mientras le estábamos esperando en la noche oscura de Mogadiscio.

Finalmente llegó. Tenía que llevarnos a Baidoa, la segunda ciudad en importancia de Somalia después de Mogadiscio, la capital. La distancia entre ambas ciudades era de doscientos kilómetros. Sin embargo el recorrido se hacía en aproximadamente ocho horas. El camino estaba repleto de socavones que quebraban los amortiguadores.

El hecho de ser periodista y llevar una cámara por esos caminos a Baidoa era demasiado suculento para que los ladrones se ocuparan de robarla, como nos ocurriría días más tarde.

Durante el viaje veríamos pueblos perdidos de la mano del hombre, lugares donde nunca llegó el avanzado siglo XX ni mucho menos el actual siglo XXI. Veríamos carros rotos, otros armados que abandonaron los señores de la guerra y que se moverían por la inercia de la pobreza; oleríamos la putrefacción de la falta de salubridad en el cuerpo y en el alma. Veríamos todo eso. Pero no sería aquel día. No lo veríamos por el maldito cat.

Kidwe tenía los ojos saltones. Parecía que le habían inyectado su propia sangre. Los pómulos estaban pronunciados. Era un hombre demasiado delgado; parecía un esqueleto. Apenas tenía hombros, y aún menos hambre. El cat anulaba el ansia de comer. Se consumía poco a poco.

Manejaba el carro como si estuviera poseído. Conducía embebido en la droga que consumía despacio, poco a poco hasta que llegara a ver la luz del firmamento.

El golpe fue seco. Cuando quisimos darnos cuenta, el carro de Kidwe estaba volando con nosotros dentro, después de irse hacia una inmensa duna que nos catapultó por los aires. El impacto fue brutal. Un asno yacía inerte en la noche sin luna. Escuchamos unos gemidos. Un hombre pedía auxilio. De su pierna salía sangre a borbotones. El coche había caído encima del asno. Lo había despanzurrado. El hombre se retorcía por el dolor.

Entre el pánico del atropello y la indiferencia de la droga, Kidwe quiso escapar. Pudimos pararle. Intentó sacar una pistola. Mi camarógrafo le dio un manotazo y el arma cayó al suelo. Al herido le colgaba parte de la carne como si fuera un colgajo. Le metimos en el carro y le llevamos a un hospital de Mogadiscio.

Las moscas jugaban entre los instrumentos de la sala de operaciones. Todo estaba infectado. Vivir o morir en Somalia era solamente cuestión de suerte. Solo nos dio tiempo de verle en la sala de operaciones a aquel infeliz.Teníamos que seguir trabajando.

Al día siguiente volvimos para ver cómo se encontraba. Su mujer lloraba desconsolada. Pude darle quinientos dólares para ayudarles.

Durante la noche, Kidwe, el responsable se escapó en la noche sin luna. Nunca se supo nada de él. Se lo tragó la tierra o tal vez el maldito cat. Se moría mientras lo seguía masticando.