Columna de Kasia Wyderko

La “vergüenza” de tomar el avión

Septiembre 2019
Star News - La “vergüenza” de tomar el avión

La inevitable necesidad trasladarse de un lugar a otro y sus contaminantes consecuencias

Seguramente está usted, estimado lector, cómodamente instalado en su asiento a bordo de una magnífica aeronave, disfrutando del vuelo que lo lleva a su destino. Sin duda le complace poder viajar en un ambiente salpicado de gestos amables, surcando el cielo a velocidad de crucero con esa particular sensación de bienestar que proporciona la contemplación del mundo desde las alturas.

No deseo, ni mucho menos, perturbar su placidez, pero me resulta imposible dejar de compartir con usted mis impresiones —de estupor— sobre la paranoia que se vive actualmente en el norte de Europa por el tema del llamado “vuelo responsable”.

Todo empezó en Suecia, el país más preocupado por el cambio climático y sus nefastas consecuencias. Fue ahí donde nació y rápidamente se propagó como la pólvora, un fenómeno que ya tiene un nombre propio: “Flygskam” o la “vergüenza” de tomar el avión.

En realidad se trata de todo un movimiento ambientalista orientado a obligarnos a quedarnos en tierra con los pies en el suelo porque el transporte aéreo contamina enormemente, cada vez más, y es responsable de un 5% de las emisiones de CO2 y otros gases dañinos.

Seguramente conoce usted el rostro de la muy popular embajadora de la revuelta, Greta Thunberg, una adolescente de 16 años que es la estrella de la temporada. La joven hace sus giras por Europa exclusivamente en ferrocarril. Fue al Foro Económico de Davos —Suiza— para exponer el Flygskam ante los grandes de este mundo, por supuesto en tren.

Su viaje de ida y vuelta duró… 65 horas. Sin restarle importancia a la emergencia climática —de hecho es un tema prioritario en nuestros días—, siento que se ha rozado lo grotesco. ¿Debemos volver a la época de los veleros y máquina de vapor?, ¿retroceder?, ¿cambiar totalmente nuestro estilo de vida?

Que alguien nos explique cómo financiar esta batalla concreta en la movilización mundial para salvar el planeta. Queda claro que 65 horas de tren cuestan más que 2 horas 20 minutos de avión. Ahí entra en juego no solo el precio del pasaje, sino también el tiempo, sin olvidar que durante el traslado hay que poner la calefacción o aire acondicionado y alimentarse.

Una amiga que vive en Noruega me cuenta que para “lavar su culpa”, algunos viajeros que vuelan a África para hacer un safari gritan a los cuatro vientos que practican el veganismo, para equilibrar los daños ambientales. Y siempre pueden esgrimir el argumento de que aún no hay aviones eléctricos. Estamos en pleno delirio.

Escribo estas líneas bajo un sol de plomo, en una zona del centro de Francia donde la sensación térmica rebasó los 48 grados centígrados. El país batió su récord absoluto de calor con 45.9 grados en el sur. Pronto habrá nuevos récords asfixiantes.