Columna de Alberto Peláez

La Aventura de Somalia

Septiembre 2019
Star News - La Aventura de Somalia

Capute, de nueve años de edad, y su hermano Boro eran niños de la calle sin ningún destino más que aquel que dictaran sus conciencias, en un país donde no se pedía permiso a los padres

La vida y la muerte en Somalia siempre fueron cuestión de suerte. Se robaba y se mataba por el instinto de supervivencia que tenemos todos los seres humanos. El último aliento de vida se lo disputaban los somalíes como si fuera exclusivo de una sola persona.

La vida en Somalia valía lo que uno quisiera que valiera. El nacimiento era un mero trámite para volver de donde vino uno, ese lugar que todos conocimos pero que nadie recuerda.

El niño Capute siempre estaba con nosotros.

Realizamos dos viajes a Somalia para jugarnos la vida. El niño Capute, con tan solo nueve años, siempre nos acompañaba. Jugaba no sé a qué; tal vez veía en nosotros algo que jamás volvería a ver y que nunca antes había visto. Unos señores que iban con cámaras; unos señores blancos que seguramente para él se trataban de algo extraño. Para Capute el estar con aquellos hombres era un juego, la aventura de la guerra.

Capute era un niño listo. Poseía unos conocimientos de la vida a través de la calle, las pistolas, los robos y las peleas que hacían de él un superviviente en un país donde la mayoría morían con mucha facilidad.

Los señores de la guerra Mohamed Farrah Aidid y Ali Mohamed, que llevaron a Somalia al caos, habían plantado aquellas semillas que Capute recogería el resto de su vida.

—Quiero ir con vosotros a Baidoa y mi hermano Boro también—.

Lo asumíamos como tal, en aquella Somalia donde no se pedía permiso a los padres, entre otros motivos porque los de Capute murieron en la guerra. Como tantos otros, Capute y su hermano Boro eran niños de la calle sin ningún destino más que aquel que dictaran sus conciencias.

Cuando quisimos darnos cuenta, Boro y Capute estaban listos en el coche que nos llevaría varias veces por carreteras que no existían porque eran de arena. Los pocos kilómetros que estaban asfaltados eran grandes socavones por los que no se podía pasar.

Era una carretera peligrosa, mucho. Los maleantes y bandoleros sin escrúpulos rapiñaban en aquel desierto de maleza mortecina. Pocos días antes de que viajáramos por primera vez, mataron a varios civiles en una emboscada que estaba maldita. Los pocos pueblos que habían por el camino eran los primeros vestigios donde la parca pedía árnica para poder seguir llevándoselos.

Los periodistas buscaban la verdad sabiendo que no encontrarían nada, porque no había más que una triste pobreza que caminaba por los pueblos perdidos, en una Somalia distraída en las plegarias que nunca pronunciamos los paupérrimos mortales sin paz, porque solo nos preocupamos por nuestros espíritus sin pararnos a pensar en los padrenuestros que deberíamos haber pronunciado al pueblo somalí.

Volvíamos de Baidoa mientras se ponía el sol. El paisaje iba haciéndose oscuro mientras la sombra de los pocos árboles se difuminaba hasta desaparecer. La noche iba fagocitando todo el espacio mientras salían las primeras aves nocturnas que vivían en el fragor nocturno. Apenas sí se veía si no fuera porque el plenilunio estaba a punto de amanecer.

En esa noche, en el infinito desierto apareció un coche. Nos adelantó. Frenó en seco y también nosotros. Dos jóvenes que no habían cumplido los veinte años sacaron sus AK-47. Era el RFC de los somalíes. Todos, incluidos Boro y Capute bajamos del coche.

Empezaron a gritarnos. A través de aquellos gritos que querían amedrentarnos, entendimos que querían robarnos la cámara. Ante una situación así no lo dudamos. Quien sí lo hizo fue Boro que, con una fuerza que solo sale de la angustia ante la muerte, le propinó un puñetazo a uno de los asaltantes.

Todos corrimos alrededor del coche en el intento de sobrevivir. En ese momento uno de ellos disparó al suelo. A Boro le arrancaron los dientes con la culata del arma. Pero la cámara no se la llevaron. Nunca supe por qué salieron corriendo y se perdieron en su coche entre la arena del desierto. Había sido un momento en el que nuestros corazones se habían desbocado.

Boro seguía sangrando por la boca. El niño Capute estaba quieto, tranquilo, como asimilando una nueva lección que le serviría como tantas otras, para el resto de su vida.

Al llegar a la casa donde nos daban posada en Mogadiscio, sacamos una de las tres botellas de tequila que pudimos llevar con nosotros a la aventura de la guerra. Aquella noche el tequila se murió en nuestros estómagos y en nuestras conciencias como todos los días morían un poco los somalíes.