Columna de Heriberto Murrieta

Emplazado

Septiembre 2019
Star News - Emplazado

En un libro de próxima aparición del fotoperiodista Pablo Esparza, hago memoria de algunos momentos de mi vida en la Plaza México.

Recuerdo que habré tenido unos 6 años cuando fui de la mano de mi padre a la Plaza México por primera vez. Pero el primer gran susto que me llevé dentro del coso no fue el derrote de un toro sino la presencia de un personaje disfrazado de gorila que subió hacia los tendidos dentro de un espectáculo que presentaba Chabelo. Esa botarga pasó tan cerca de mi asiento que me provocó pesadillas durante varias semanas.

Heredé con enorme gusto todas las aficiones de mi padre, entre ellas, en un lugar preponderante, la Fiesta de los toros.

Heriberto Murrieta Pumarino, nacido en Teziutlán, Puebla, el 5 de marzo de 1932, fue aficionado desde muy joven, quiso ser torero, coleccionó centenares de boletos, crónicas de periódicos y programas de mano; toreó muy bien en distintos festivales de la empresa Avon (para la que trabajaba) y admiró a toreros como Silverio Pérez, Manuel Capetillo y Fernando de los Reyes El Callao —sentimiento en estado puro del toreo nuestro—, y por supuesto, al camero Paco Camino.

Mi papá me introdujo en la Plaza México, me presentó con ella, y recordarlo me hace sentir una profunda nostalgia. En una de tantas tardes compramos el póster de uno de los festejos, que clavé con tachuelas en la pared de mi cuarto de la calle de Bartolache 1129.

En las noches de los domingos, ya para dormir, me quedaba reflexionando sobre lo que había visto en la plaza mientras escuchaba a lo lejos los frenos del tranvía que pasaba por la avenida Ángel Urraza, después llamada Eje 6 en la todavía habitable capital.

Pero no todo fue grato. Un día, terminada una novillada, mi padre quiso mostrarme los novillos que se encontraban en las corraletas de la plaza-estadio y cuando íbamos a entrar por la puerta que se encuentra al final de la rampa, se acercó una persona de la autoridad y nos detuvo. Al poco rato estábamos rodeados de policías, amenazándonos con arrestarnos.

Recuerdo que me senté a llorar desconsolado en el piso, mientras mi padre les explicaba que había actuado de buena fe. Finalmente nos dejaron libres. Minutos más tarde, el alivio llegó al entrar a la tibia habitación donde mi madre bañaba en una pequeña tina a mi hermano recién nacido.

Tiempo después, mi padre decidió de pronto dejar de ir a los toros y el futbol. Se había desencantado y quizás estaba empezando a declinar. Pero aún así, en 1985, cuando ya tenía cinco meses de haber entrado a transmitir partidos de futbol en Televisa Radio, fue él quien me impulsó a narrar corridas de toros también.

Fuimos juntos a lo alto del segundo tendido y narré un festejo con mi voz en una grabadora. El casete se lo entregué a Julio Victoria, con quién estaré eternamente agradecido.

Don Nacho Hernández, el excelente locutor comercial de las transmisiones radiofónicas, lo llamaba con un aire lorquiano El Gitano de la Verde Luna, en alusión a sus ojos aceitunados. Sin ninguna obligación de hacerlo, Julio tuvo la amabilidad de recibir la cinta y entregársela al ingeniero Alejandro Bolio, el responsable técnico de los controles remotos, hijo del legendario picador yucateco Saturnino Bolio Barana.

El 3 de febrero de 1985 hice mi debut narrando únicamente el tercio de banderillas desde las barreras de sombra, pues Samuel Rosete, el inspector de callejón, no me autorizaba estar en esa zona. Así empezó mi nueva relación de cariño con la Plaza México, ahora como incipiente e inmaduro, pero eso sí muy entusiasta profesional de los micrófonos.

En aquellos días partíamos en una camioneta desde Televisa Chapultepec y llegábamos muy temprano a la plaza para que el “inge” hiciera con calma todos los enchufes de la instalación. Así veía cómo se iba llenando poco a poco el gigantesco embudo. Salir al aire desde un escenario tan impresionantemente lleno representaba para mí una enorme emoción.

He visto festejos desde la última fila de Sombra General (en un festejo de El Bombero Torero), en palcos, en los tendidos, en las barreras y desde la Puerta de Cuadrillas.

La he visto vacía en mañanas entre semana y repleta de público los domingos en la tarde. Para mí es una gran alegría saber que alguien puede relacionar automáticamente las imágenes de una corrida en la Plaza México con mi voz.