Columna de Kasia Wyderko

Cambio climático y alimentación ¿realmente hay relación?

Septiembre 2019
Star News - Cambio climático y alimentación ¿realmente hay relación?

El calentamiento global mucho tiene que ver con los procesos de obtención de los alimentos que consumimos

¿Se te antoja un caldo de carne de res o tienes ganas irresistibles de degustar una sopa de verduras? Si te inclinas por la segunda opción, te conviertes automáticamente en el protector de nuestro planeta.

Ya sé, todos tratamos de reciclar basura, prescindir de bolsas de plástico, cerrar la llave de agua mientras nos cepillamos los dientes o caminar en vez de utilizar el coche, sin olvidar muchos otros pequeños grandes gestos en nuestra vida cotidiana que ayudan a preservar la Tierra.

Pero, ¿nos hemos preguntado de qué manera influye en el medio ambiente nuestra dieta alimenticia? A juzgar por lo que han investigado sobre el tema los expertos de la Universidad de Tecnología de Sydney y de la estadounidense Universidad de Duke, los consumidores no estamos suficientemente conscientes del vínculo que existe entre lo que comemos y las emisiones de gases de efecto invernadero.

¿Por qué pasa esto? El Dr. Adrian Camilleri, quien dirigió el estudio en cuestión, asevera que se debe a que el impacto de la producción de alimentos carece de visibilidad, a diferencia por ejemplo del uso de energía que aparece bien detallado en nuestro recibo de electricidad.

El Dr. Camilleri lanzó una propuesta digna de tomarse en cuenta: poner etiquetas de huella de carbono en los artículos alimenticios. Ya se hizo el experimento. Los participantes, al leer la información sobre el producto, optaban por comprar frutas y legumbres para dejar de lado la carne.

No se vayan a ofuscar los carnívoros empedernidos, pero las cifras científicas hablan por sí mismas: la carne de vaca genera más de 10 veces la cantidad de gases de efecto invernadero que los vegetales. Aquí entran en juego los fertilizantes para piensos, el transporte de ganado, la preparación de terrenos para pastar —lo que implica tajar árboles— y el muy inflamable gas metano que emiten los animales, uno de los primeros responsables del calentamiento global.

Me acuerdo que fue en París —donde escribo estas líneas—, durante la histórica Cumbre del Clima COP21 en 2015, donde se abordó por por primera vez en un foro mundial el problema de la ganadería industrial, la que genera un 15% de las emisiones de gases de efecto invernadero en nuestro planeta y que contamina más que todo el sector del transporte (sic).

Recuerdo que causó un enorme revuelo el estudio, según el cual para producir 1 kilogramo de carne de ternera se necesitan unos 15 mil litros de agua, 9 veces más que para producir 1 kilogramo de soya.

Otro dato que estremeció a la opinión pública: al reducir a la mitad la presencia de la carne en nuestros platos, disminuiríamos la emisión de gases contaminantes hasta un 40%, al menos en el Viejo Continente. Ya medio se nos olvidó la lección. El asunto es grave y el tiempo apremia.

Antes de que se active la ira de los adictos a la carne, les debemos una aclaración. De ninguna manera se trata de renunciar a los suculentos y tiernos bisteces de rancho, o a los tacos de arrachera (los amo); se trata tan solo de bajarle, aunque sea tantito, al consumo de productos de origen animal.

Va en serio, las decisiones que tomamos alrededor de una mesa influyen enormemente en el sistema climático de la Tierra. Nos quedan solo 12 años para reducir las emisiones globales y evitar la catástrofe.