Viajes

¿A dónde iremos después, mamá?

RAFAEL VÁZQUEZ DÍAZ / Noviembre 2020
Star News - ¿A dónde iremos después, mamá?

Viajar nos obliga a chicos y a grandes a retomar la senda del aprendizaje generando nuevas experiencias

Uno de los recuerdos más vívidos que tengo sobre mi infancia es el tablero iluminado de la terminal en una noche lluviosa de julio. De la mano de mi mamá, con una mochila colgada en la espalda y muchas ilusiones en los ojos, me hizo una pregunta que cambió mi perspectiva de la vida: ¿a dónde quieres ir?.

 

Sin pensarlo mucho, elegí un destino y nos acercamos a comprar los boletos. 

 

Haber elegido el sitio de nuestras vacaciones de verano me hizo sentirme incluido y responsable sobre el viaje que teníamos en puerta.

 

Llegamos unas horas después cuando el día ya clareaba, nos detuvimos en una de las casetas turísticas, conseguimos un mapa con los principales atractivos de la ciudad y mi mamá me lo dio para que seleccionara a dónde iríamos. 

 

Así me convertí en el guía turístico de aquella aventura. Esa emoción nunca ha desaparecido en cada viaje que he realizado. 

 

Dicen que la mejor terapia para olvidarnos de la cotidianidad, el estrés, el tráfico, las cuentas que no cuadran en casa, las dificultades del trabajo y los problemas personales, es viajar. 

 

Y no intento hacer menos a los expertos de la salud, pero hablar con un analista tiene beneficios diferentes a los que ofrece encontrarnos indefensos en un nuevo lugar y crea lazos especiales con la gente con la que viajamos.

 

Arribar a una ciudad que no conocemos, enfrentarnos a conflictos que no nos ofrece la cotidianidad (¿qué vamos a comer?; ¿en dónde vamos a dormir?; ¿dónde está cierta calle?) obliga a nuestros cerebros a mejorar nuestras habilidades comunicativas, aumenta las competencias para relacionarnos con otras personas y ocupa tanto nuestra mente que los problemas de nuestro día a día pasan a un segundo plano. 

 

Una de las principales desventajas que tenemos los adultos frente a la niñez es dejar de aprender y asimilar la cotidianidad como única realidad posible. 

 

Los infantes, en cambio, no dejan de peguntarnos el porqué de las cosas, aprender cada instante es nuestra marca de supervivencia como especie. 

 

Viajar nos obliga a chicos y a grandes a retomar la senda del aprendizaje, la indefensión en un entorno nuevo abre un espacio para la improvisación y la generación de nuevas experiencias a prueba del tiempo.

Viajar nos marca pero también toca a las personas con las que viajamos, dejando huellas indelebles muy positivas que acaban siendo mucho más trascendentes que todos los juguetes y todas las cosas materiales que podemos adquirir. 

 

Yo todavía tengo la fortuna de viajar acompañado y al regresar siempre surge la pregunta más importante: ¿a dónde iremos después, mamá?