Columna de Heriberto Murrieta

Sabor lisboeta

Septiembre 2019
Star News - Sabor lisboeta

La vida entre poetas, trovadores callejeros, acuarelistas de banqueta, árboles de corcho, sardinas, eucaliptos y las melancólicas notas de un fado. Lisboa es una ciudad imperdible. 

En la Livraria Bertrand, la librería más antigua del mundo en funcionamiento, inaugurada en 1732, habitan las imaginaciones de Fernando Pessoa y José Saramago. Ahí te ofrecen poner un sello del vetusto establecimiento en la página de cortesía del libro comprado, en este caso ‘Poetas de Lisboa’, que tiene una bella ilustración en la portada. ¿Qué tanto de su esencia pierde un poema al ser traducido a otro idioma? Un forcado de cerámica se monta sobre un toro berrendo en la tienda de al lado. 

La forma de la sardina, alargadita y cóncava, facilita su representación en los más diversos materiales: tela o plástico, metal o fieltro, madera o pintura. Compré una de pasta con la figura del legendario goleador Eusebio, símbolo del futbol de Portugal, y otra muy simpática, de unos pasajeros dentro de un camión. Para el paladar, la sardina es una delicia, acompañada de un vino verde o una cerveza helada. Es salada y “problemática” para comerse, por su espinoso esqueleto. 

Compite con el bacalao en las marisquerías, extensiones del Atlántico, pero con aceites y vapores. Les pelea la supremacía la suave carne del pulpo, tentáculos y ventosas llenos de sabor. En el restaurante Solar Dos Presuntos, el centro del pulpo al lagareiro me pareció hasta cremoso, de tan blando. En la foto de la entrada, aparece el dueño Pedro Cardoso con el futbolista Cristiano Ronaldo.

En 2015, durante una ampliación de la parte trasera del emblemático lugar, se descubrió un cementerio del siglo II. La necrópolis es la prueba de que la actual calle Portas de Santo Antao era una de las principales avenidas de la Lisboa romana. 

Portugal es el país del rejoneo y las “pegas” de los forcados, esos hombres que se juegan la vida a cuerpo limpio y regresan de cada corrida con moretones y el esqueleto todo averiado. 16 brazos y 16 piernas dispuestos a lo que sea. En el país luso hay corridas de toros a pie, pero no se mata al bovino astado, desde mediados del siglo XIX.

Con toda su frescura, el aroma a eucalipto se enreda en las narices durante el sinuoso camino a Sintra. El bosque irrumpe en las fosas nasales, como en aquel viejo comercial del jabón Nórdiko donde un hombre hacía cortes con una navaja a uno de color verde para poder ver sus vetas. 

Un “tuk-tuk” motorizado te lleva a la cúspide, coronada por verdes jardines y palacios ancestrales de ecléctica arquitectura: árabe, gótico, manuelino y renacentista. La UNESCO declaró a Sintra patrimonio mundial de la humanidad en el año de 1995. Ahí es indispensable practicar el senderismo y visitar el Palacio da Pena y la Quinta da Regaleira. En la Romaria da Baco le entré a un buen arroz negro con sepia y un corazón con chochitos de colores. Imperdibles. 

El aire frío casi no dejaba estar. Busqué un café en vaso de unicel y los rayos del sol que se habían quedado en Madrid. 

Amables son los portugueses, que arrastran las “eshes”. En todo momento aligeran tu condición de extranjero. Suelen decir “com licença”, que significa “disculpe”, una expresión de humildad y cortesía. 

Me detengo en un kiosko. El periódico ‘A Bola’ dedica su encabezado al héroe nacional Cristiano Ronaldo, que acaba de marcarle un triplete a la Selección de Suiza en la Liga de las Naciones. Lo llama “Cristo Rei”, blasfemando de lo lindo.

Habrá quien piense que el enjambre de cables de los tranvías ensucia la vista, pero en realidad le da un toque muy propio al paisaje urbano de la Lisboa marítima, señorial y europea, de calles simétricamente adoquinadas. 

Metrópoli bellísima con sabor antiguo la lisboeta, que deja en este redactor un recuerdo inolvidable.