Columna de Heriberto Murrieta

Luz cegadora

Septiembre 2019
Star News - Luz cegadora

Recuerdo del anecdotario literario-periodístico de un personaje que hizo de su vida y su profesión, una tragicomedia taurina.

En 1949, hace exactamente 70 años, Luis Spota empezó a escribir ‘Más cornadas da el hambre’, la mejor novela de tema taurino de la historia de la literatura. 

El título de la publicación retomaba la antigua frase del torero Manuel García ‘El Espartero’, cogido mortalmente por el toro ‘Perdigón’ de Miura en 1894 en la vieja plaza de Madrid.

En el célebre libro que salió a la venta dos años más tarde, un empresario venido a menos intenta conquistar a un torerillo marcadamente heterosexual. Situaciones aventureras se suceden en un relato ameno y bien tejido, con abundante caló taurino. En sus páginas, Spota regala brillantes metáforas como esta: “Un sonido largo, finísimo, como un estoque toledano”. 

El autor, cuyo nombre completo era Luis Mario Cayetano Spota Saavedra Ruotti-Castañares, se inspiró en un personaje de antología, Jesús ‘El Ciego’ Muñoz, para dar vida a Pancho Camioneto, personaje central de la ficción spotiana. 

Cansado de pedir su “luz”, se apagó para siempre la del famoso ‘Ciego’ el 2 de agosto de 2001, cuando contaba con 85 años de edad. 

Ese destello que lo iluminaba no era otra cosa que una cuota o una propina que recibía de la gente del toro para difundir su información. Un viejo teléfono de disco en distintos caserones o el Hotel Coliseo de la Ciudad de México, servía como receptor de la información que Jesús se encargaba de diseminar en distintos periódicos.

‘El Ciego’ no tenía empacho en agregar una que otra orejita para exagerar el triunfo de algún torero, práctica ciertamente impúdica que no parecía perturbar su moral. 

Si con los lentes de doble aumento no alcanzaba a leer sus notas tomadas al vapor para transmitirlas en su programa radiofónico dominical, resolvía con generosidad: “Fulanito cortó una oreja, ¿o fueron dos? Bueno, pues le ponemos dos, faltaba más”, y se quedaba tan fresco como una lechuga. Y cuando iba a dar la ficha del festejo celebrado en Maravatío, Michoacán, empezaba con una exclamación nostálgica, “Ah, Maravatío…”, como recordando alguna aventurilla juvenil en aquella población. 

Eran tiempos donde no existía en las plazas tanta presencia mediática ni internet, y había que confiar en los falsos o exagerados reportes telefónicos que le pasaban los avispados apoderados. 

Su mencionada emisión la compartía en su última etapa con Martín Morales. El hijo del legendario cronista taurino queretano ‘Clarinero’ telefoneaba a Muñoz para salir juntos al aire, y entre las fallas en la línea y las distracciones de nuestro bohemio personaje, surgían momentos tragicómicos.

Hermano de José, alias ‘El Negro’, torero, declamador y taquero, el guanajuatense Jesús Muñoz era inconfundible: la greña larga y escarolada, bigote desordenado e incipiente y canosa piocha, ajustados el sombrero y la pañoleta.

Hablaba con voz aguda y “chocheando”. Había perseguido el sueño de ser torero y su vida estuvo plagada de anécdotas.