Columna de Alberto Peláez

Los secretos del reportero de guerra

Septiembre 2019
Star News - Los secretos del reportero de guerra

Aún recuerdo cómo se tiró al suelo Alma cuando cayó el primer misil debajo de su casa. Era una mujer menuda. Caminaba por las calles de Sarajevo con una camiseta blanca y una cachucha color café.

La tarde que la conocí, la lluvia de misiles caía incesante como un granizo letal. Juan —mi camarógrafo— y yo, estábamos apostados detrás de unas trincheras que había olvidado alguien cansado de que se organizaran grupos vecinales para luchar contra el ejército serbio y no pasara nada.

Juan logró captar la imagen de un misil que cayó a unos cien metros. La onda expansiva estuvo a punto de romper el testigo; el lente de la cámara que no deja mentir.

Tras aquella lluvia se escuchó el silencio. Solo nuestras respiraciones lo rompían. Entonces apareció aquella mujer pequeña de estatura pero grande de valentía. Caminaba con su pareja, un hombre rubio y fornido. Hablaba un perfecto inglés. Necesitábamos un traductor con urgencia. A partir de ese momento Alma se convirtió en un miembro más del equipo.

No creo que a Habasi se le haya olvidado el día en que unos talibanes nos pusieron un kalashnikov en la cabeza. La frontera entre Pakistán y Afganistán representaba un laberinto de curvas mal trazadas. A los lados se veían bosques vírgenes. Parecían inmaculados, ajenos a la realidad de la guerra. Al frente se divisaba una montaña gigantesca. Del otro lado estaba el régimen de torturas del talibán.

Los talibanes acababan con cualquier manera de pensamiento que no fuera su interpretación heterodoxa del Corán. Las mujeres representaban el punto débil sobre las que depositaban toda su ira. Las viudas que no tenían descendencia masculina, estaban abocadas a morir de inanición. Si salían de sus casas a buscar comidas eran ejecutadas.

Las torturas que empleaban contra la población eran inimaginables. No había prensa, menos radio o televisión. Solamente existían los preceptos más categóricos del Corán interpretados por los mulás que los convertían en impenitentes anatemas.

Quedaban pocos kilómetros para atravesar esa frontera, cuando en una curva tres talibanes nos esperaban con un bazuca y dos kalashnikov.

Se acercaron. Con una violencia inusitada se bajaron del coche y nos apuntaron. Recé en pocos segundos todo lo que se puede. Recordé a mi familia. Me resigné en el sudor del miedo. No querían robarnos la vida, sí dinero. Se marcharon riendo con un botín de doscientos dólares. Me derrumbé y lloré, lloré de miedo. Creo que hoy mi alma continúa llorando.

Alma, Habasi, Mohamed, Charlie, Marko y tantos otros están hoy colgados en las paredes de mi alma. Los atesoro como míos. Son mis compañeros de guerras, esos a los que puedo contarles todo porque son los únicos que me entienden, esos que continuarán conmigo hasta que muera y luego me acompañarán a atravesar la puerta del infinito; de la luz.

Hoy Somalia, Irak, Ruanda, la ex-Yugoslavia, Afganistán, Pakistán, Palestina, Argelia y tantos otros conflictos donde estuve, forman parte de esta persona que escribe y que quiso aportar a la historia un granito más con la suerte que se le otorgó una vida llena de sorpresas.

Son historias que no cuento ni a mi mujer ni a mis hijos; tal vez porque son los recuerdos de un reportero de guerra, y esos no se deben contar.