Ciencia

Lo bueno de hacer nada

León Pablo Bárcenas Clavel / Septiembre 2020
Star News - Lo bueno de hacer nada

Desmitificando el ocio

Llevamos 5,000 años incorporando la habilidad de leer y escribir, contra 200 mil de existir como especie. La ética judeocristiana y luterana acerca del trabajo (y su sobrevaloración) son muy recientes, si acaso 300 años. 

 

Esta invención cultural tiene que ser revisada y reajustada al funcionamiento natural de las capacidades humanas, es por ello que el ocio es bueno y necesario para el bienestar de nuestro cerebro por su limitada capacidad en la recepción e interpretación de estímulos.

 

Durante el tiempo ocioso, se activan los centros neuronales, se incrementa el flujo de sangre y el transporte de oxígeno; el consumo de azúcar se eleva por la cantidad de energía que se consume, realizando literalmente, nada. 

 

El cerebro se vuelve más creativo porque se hacen más ágiles y más robustas las conexiones de la red neural. La búsqueda de solución a los  problemas estancados se facilita luego de periodos prolongados y satisfactorios sin actividad alguna. El ajetreo y su sin razón nos limita en la búsqueda de respuestas nuevas.

 

En el cerebro, las regiones distantes y distintas en su función específica, se ponen en contacto con mayor facilidad y frecuencia cuando la persona atenta contra la insana cultura del trabajo. 

Los hemisferios derecho e izquierdo dialogan entre sí cuando navegan en Aión, el tiempo suspendido de los griegos; la mar en calma propicia la recuperación de información almacenada en lugares profundos de los centros de memoria. 

 

A partir de aquí, podemos recordar y asociar eventos que podrían no tener relación aparente y los procesos reflexivos se activan en beneficio de una justa valoración de nuestro pasado inmediato y del futuro que creíamos incierto.

 

Es vergonzoso reconocer en voz alta que estamos dedicando tiempo a conectar neuronas: que estamos haciendo nada. Es socialmente aceptable enfermar por exceso de  trabajo, pero no así perseguir el bienestar cognitivo entregados a un tiempo inmóvil.  

 

El individuo debe trabajar y si enferma en el camino es loable, pero el ocio no produce, no consume, por eso es perseguido y estigmatizado. Es peligroso no hacer nada. No hay lugar en el espacio social para la mente reflexiva que nace en las tranquilas aguas del no hacer nada. 

 

El tiempo de Kronos devora a sus hijos, oxidando y llevando a la ruina literal y figurada al individuo que no para, que se desgasta y sufre por estar al servicio del desear y consumir.

 

Kairós es la representación alegre e inasible del tiempo desequilibrado y jocoso. Es lo disfrutable y satisfactorio del logro genuino, el triunfo legítimo: Niké, la buena victoria. El tiempo en Kairós es permitido porque es creativo, se puede estar alegre y producir, por eso se aparece fugazmente en los terrenos de Kronos.

 

Aíon no existe en el esquema temporal de hoy, al menos no debe existir para todos, porque la gran paradoja es que la invención de las máquinas y los engranes surgió en los tiempos ociosos de algunos hombres comunes, a los que ahora llamamos genios sólo porque cultivaron la virtud de ver más allá, mientras reposaban sobre la yerba del campo, haciendo nada.