Columna de Alberto Peláez

La auténtica deshumanización

Septiembre 2019
Star News - La auténtica deshumanización

Conocí a todos mis vecinos y fui amigo de sus hijos. Alberto Aguirre que vivía en el “tercero A” procedía de una familia nacionalista vasca, muy separatista. Su hermano Enrique se cambió el nombre por Endika, Enrique en vasco. La broma del cambio de nombre le costó trescientas mil pesetas de la época. Todos seguimos llamándole Enrique.

Tino Zamorano del “primero D” era el líder de los niños vecinos porque jugaba al futbol con destreza singular. Pero tenía un defecto. Era más vago que un sevillano después de una siesta. Tino se escapaba del colegio. No le gustaba estudiar. Por eso aquel niño se iba a una iglesia; y no era a rezar precisamente, sino a no acudir a la escuela. Por cierto, ni estudió la carrera ni tampoco se hizo cura.

Los Herrero del “segundo B” tampoco fueron grandes estudiantes que digamos. A Javier —que era mi coetáneo— siempre le quedaban varias para septiembre. A mí me extrañaba porque siempre estaba encima de los libros. Sin embargo, no estudiaba; soñaba que estudiaba. Cada dos semanas, que es cuando llegaban las notas, el padre de Javi le daba una soberana zumba porque quería hacer de él un hombre de provecho, y así un año y otro y otro más.

Carina era mi vecina del “sexto A”. Era una niña alemana hija de español y germana. Era una criatura muy guapa, si no fuera porque con los años se dejó llevar por el dulce y el dulce terminó por comerla, cuando engordó más de veinte kilos.

Éramos un rosario de niños, pero de niños felices.

Hoy, en el fraccionamiento donde vivo desde hace dieciséis años, no conozco a nadie salvo a los vecinos de al lado que son grandes amigos. Magdalena y Rafa son una familia llena de vida, humana y cariñosa.

Sin embargo, el trato que viví hace cuarenta y cinco años se perdió con la tecnología, el individualismo, internet. Ya nadie se conoce ni existe el interés de conocerse. Nos hemos deshumanizado hasta el punto de que no sabemos saludar. Olvidamos los “buenos días”, “adiós” o “bienvenidos” como si fuera un anatema que hay que cumplir, como si costara dinero. Nos vamos haciendo cada vez menos humanos. Tanto así que los robots serán nuestros nuevos amigos; sí, esos que nos quitan los trabajos y que no tienen alma. Lamentablemente cada vez nos parecemos menos a Dios y más a ellos.

Nos encontramos más cómodos en las redes sociales Instagram o Facebook que en una conversación deportiva, política o familiar. Y así y todo, en los Estados Unidos por ejemplo, más del sesenta por ciento de la ciudadanía dice conocer la actualidad por, nada menos que Facebook. Ahora resulta que va a ser el nuevo credo de la información.

¿Hasta dónde vamos a llegar? Nuestro reto es pararlo. El problema es que no sabemos cómo y tampoco si tenemos el interés suficiente en hacerlo. Es la auténtica deshumanización.