Columna de Alberto Peláez

Es México, siempre fue México

Alberto Peláez / Septiembre 2019
Star News - Es México, siempre fue México

Tenía mi padre un mapa de México. No sé de dónde lo sacó. Cada sábado, mientras escuchábamos cómo cantaba el grillo de Gabilondo Soler, mi padre nos enseñaba el mapa de la República.

 

¿Cómo era posible que unos niños españoles escucharan a Cri-Cri en lugar de a los Chiripitiflauticos, aquellos héroes televisivos de los chiquillos de los sesenta en España?

 

¿Qué tenía el Ratón Vaquero de mágico para esos niños que eran seguidores del Real Madrid o del Atlético? Aquella magia la transmitía nuestro padre. Era un prestidigitador de sueños imposibles que los convertía en realidad; un nigromante que nos transportaba a México con el calor de su mente, el sabor de su verbo, el amor de su imaginación.

 

Desplegaba el mapa como los filibusteros hacían lo mismo con los suyos para hacerse con el botín. Vibraban vacilantes nuestras pieles variando de muda en nuestras almas al ver compacta una inmensa mancha de tierra encerrada en un mapa.

 

Es México, niños

 

Era México, al que no conocíamos pero sí amábamos y lo amábamos por Pedro Vargas y Cri-Cri. Amábamos a México y cada uno de los estados y capitales. También lo amábamos por Lola, Lola Beltrán, aquella voz que nos despertaba los sábados por las mañanas y, como el aroma del café de Veracruz ya no nos dejaba dormir.

 

Y lo amábamos por Iztaccíhuatl y su fiel amante Popocatépetl; y la Guelaguetza en Oaxaca y el café de Chiapas y los voladores de Papantla en Veracruz. Y también por el aguachile de Sinaloa y el Cerro de la Silla en Nuevo León y la ciudad amurallada de Campeche y el Cañón del Sumidero y también el del Cobre. Y por tantos otros adornos en los que podría estar páginas enteras creando mares de letras y océanos de palabras recordando a México.

 

Y claro también los queríamos y los hacíamos nuestros como así hicimos con la capital con aquella canción de Sábado Distrito Federal de Chava Flores. Me imaginaba aquella Ciudad de México y las andanzas de sus incontables colonias sin haber pisado ninguna de ellas.

 

Y amábamos Jalisco y sus mariachis y la tierra de Tequila. Quién me iba a decir que treinta años más tarde compartiría mi vida con una hermosa mujer de aquella tierra.

 

Entonces amé al caballo blanco que salió de Guadalajara y soñé con él. Porque recorría medio país y lo hacía como si fuera la última vez que lo fuera a hacer y así fue. Y ese caballo blanco de José Alfredo me hizo conocer toda la geografía norteña, esa que nace en Guadalajara y pasa por Nayarit, Sinaloa, Sonora y fallece en Baja California.

 

El equino se moría, y yo un poco con él, porque no quería que falleciera, porque había sido el caballo más valeroso del mundo. Y entonces lloraba desconsolado pensando en la proeza magnífica. Porque se trataba de una proeza, y hubiera dado lo que fuera por haber realizado el recorrido encima del caballo blanco a puro pelo. Porque esa hazaña quedaría de por vida en mi recuerdo.

 

Entonces comenzamos a comulgar con México, ese que seguimos llevando muy hondo, tanto que solo nuestra profunda inhalación alcanza a tocarlo con la yema de sus dedos.

 

Ahí está, en la esencia de nuestras almas, enarbolando su mestizaje, su tierra, su pasado y su futuro, en la generosidad de un gran pueblo que dio cobijo a muchos españoles durante tantos años y también abrió su espíritu a una familia española del barrio de Chamartín, que gracias a su padre Joaquín Peláez un día se hicieron mexicanos sin conocer México. No hacía falta. Lo llevaban dentro.