Columna de Alberto Peláez

El vago recuerdo de un capricho perdido

Septiembre 2019
Star News - El vago recuerdo de un capricho perdido

Solamente se puede morir una vez. Sin embargo, de amor se muere tantas veces cuantas quiera el corazón.

Gabriel tuvo un cuerpo cincelado por la sabiduría del ADN que no es sospechoso y la multitud de horas de gimnasio que no dejan mentir. Su hedonismo le había llevado a las más importantes competiciones de triatlón, más allá de donde el propio cuerpo puede llegar.

Su mirada fue penetrante, ornamentada por unos ojos más azules que el techo del cielo. Sus pómulos fueron pronunciados y sus labios gruesos y carnosos.

Gabriel se sabía galán; se sentía voluptuoso. Por eso, con tan solo quince años Marcela sucumbió de amor y le rogó largos besos que querían que fueran interminables. Allá en la bodega de la casa de sus padres, en el pueblo de La Olmeda de las Fuentes, Gabriel le hurtó el corazón y el alma a la joven Marcela que seguía implorándole besos hasta que se murió un poco de amor.

También lo hizo Ernestina, aquella chulada chilena que recaló en Madrid para estudiar Psicología y tuvo la mala suerte de que Gabriel —aquel galán impenitente— le fagocitara con su amor. Porque le prometió aventuras imposibles y sueños irrealizables; porque lo único que el maldito Gabriel pretendía era poseer aquella belleza que había venido de América del Sur para estudiar Psicología y lo que encontró fue el estudio de un psicópata que se alimentaba del alma de las mujeres.

A Dorotea también le ocurrió algo similar; se trataba de una belleza escandinava. Era una mujer alta, rubia, casi perfecta si no fuera por un ínfimo lunar en la mejilla izquierda, aunque este le daba un toque morboso de sensualidad.

Dorotea cayó en los brazos de Gabriel y también en sus redes que la envolvieron y la volvieron a envolver una y otra y otra vez hasta que no pudo más, y aquella belleza escandinava se murió un poco cuando se dio cuenta que Gabriel solo quería estar en su lecho y ser su amante por una noche, mientras los chuzos de lluvia se dejaban caer.

Manuela fue una escritora connotada; una viajera del infinito. Se trató de una mujer muy hermosa, segura de sí misma y de lo que quería hasta que conoció a Gabriel. Sus ojos le enamoraron y su verbo le encandiló. Para cuando quiso darse cuenta, Manuela había caído en la adicción de Gabriel. Los susurros le estremecían, la mirada le enloquecía, las caricias le ensimismaban.

Cuenta la historia que Manuela tardó años en desengancharse de aquella droga que representaba Gabriel, una toxina perniciosa que no tenía un fin más allá de la obsesión por arrogar a todas las mujeres que pudiera.

Gabriel no lo vio. No acabó de ver el maldito coche que arrolló su moto de gran cilindrada que tocaba el cielo con la velocidad que alcanzaba. Para cuando quiso darse cuenta, se encontraba arriba, allá en el Infinito de la luz mientras veía cómo su cuerpo convulsionaba y se escapaban los últimos hálitos de vida en una triste acera.

Al entierro acudieron todas, Marcela y Ernestina y Dorotea y Manuela y muchas más que ocuparon la vida de Gabriel. Y ahí, alrededor de la tumba vieron a Adriana y a Natalia y a Lorena, también a Raquel y a María —la hermosa María, como todas— y a Estela, también a Estela. Y entonces, mientras descendía el ataúd de Gabriel al hoyo de la oscuridad para siempre, todas comenzaron a llorar.

Sus lágrimas rodaron por el suelo y cada gota se filtró por la tierra, despacio, sin prisa como la propia vida inmortal hasta que llegaron a confundirse con la esencia de Gabriel. Cada gota, cada espita de alma de todas y cada una de ellas hasta que los ojos inmortales del alma atormentada de Gabriel se abrieron y volaron en la inmortalidad pidiendo perdón por la impaciencia plúmbea de lo que nunca fue amor, sino el vago recuerdo de un capricho perdido.