Columna de Alberto Peláez

El orgullo de ser mexicano

Septiembre 2019
Star News - El orgullo de ser mexicano

En el madrileño cementerio de La Almudena está enterrado mi padre. Cerca despegan unos cipreses que apuntan hacia el cielo como si fuesen aviones alargados.

Desde el día que dejó de existir, las raíces de esos cipreses rodearon su tumba y su cuerpo, comulgando así con su esencia en una confirmación de emociones infinitas. Tal vez por eso miran inhiestos hacia el oeste, hacia México. Estoy seguro que mi padre hubiera deseado que una parte de él reposara en México. El destino hizo que no lo dejara escrito. Tampoco hacía falta. Sus enseñanzas quedaron indelebles en su descendencia.

Uno es de donde nace. El olor a tierra, el sudor de su gente, el aliento del esfuerzo común hacen sentirse orgulloso de pertenecer a un país, de colocarle en las historias de la Historia que conforma el ser humano.

Hace los años suficientes nací en Madrid. Mis padres y los padres de mis padres son españoles, y así podría seguir en un cordón umbilical que deglute las décadas y los siglos. Me siento orgulloso de mis raíces, de mi tronco común familiar.

Pero uno también es de donde tira la otra sangre, esa de la consanguineidad de los tiempos, de la mezcla perfecta. Uno pertenece al lugar de donde se siente querido y confiesa la reciprocidad.

Hace mucho perdí la cuenta de las veces que he vivido en México, en la cercanía y en la distancia. He pisado la tierra noble, he bebido del corazón de los cenotes, he respirado su brisa, una y otra y otra vez, tantas veces cuantas he podido, con ansia como el amor intenso; con desenfreno como el amor a la hembra; con ternura como el amor al hijo; con pasión como el amor a la compañera; con resignación como el amor al amigo perdido; con serenidad como el amor a la madre.

He inspirado el aire mexicano en una entrega total, leyendo sus pensamientos y haciéndolos míos; soterrándolos en cada esquina de mi cuerpo y de mi espíritu. Ese es mi secreto. El secreto que todos tenemos y no lo contamos, ese que se viene a la tumba con uno y con su Virgencita de Guadalupe que es la que te lleva a la Eternidad.

Porque uno es también de donde se siente a gusto y amado. Así me he sentido desde la primera vez que fui allá por mil novecientos setenta y siete, cuando aquellos niños españoles que divisaban la Ciudad de México desde las alturas, ya saboreaban la aventura que vivirían el resto de sus días y que quedaría indeleble para siempre. Supondría el estigma de la conversión a la mexicanidad, sin aristas ni entresijos.

Así me sentí también cuando, a principios de julio de mil novecientos ochenta y cinco fui a trabajar como joven becario durante dos meses y me quedé casi un año. Fue el verano del temblor, en la frontera entre el estío y los ciernes del otoño y también lo viví y lo interioricé. Era la primera vez que sufrí un miedo estremecedor.

Fue la primera vez que olí la descomposición de la carne y sentí el dolor común. Era la primera vez que atisbé a un país incomunicado con el mundo exterior pidiendo a gritos un auxilio que no terminaba de llegar.

Pero también fue la primera vez que vi cómo se levantó México con dignidad, llorándole a sus muertos y luego, ayudando, levantando con sus manos cada piedra, cada escombro; estirando el tiempo para dilatar las vidas, ejemplarizando al resto del planeta que no llegaba a oírle bien, que México podía con eso y con más, con mucho más.

Sí, se habían caído muchas casas, se habían agrietado las calles, se habían incendiado edificios. Sin embargo, la sangre mexicana continuaba bombeando hasta quedar exangüe; y luego, también hasta el desvanecimiento que se curaba con el esfuerzo de sacar a todos los hermanos mexicanos que estaban soterrados bajo las paredes de hormigón.

La República, aquel enorme pedazo de tierra y café, donde solo nacen grandes mujeres y hombres me embelesó aún más. Hubo una entrega ilimitada. Y ahí estuve yo, entregándome como un mexicano más y fue ahí, en esos días interminables donde pensé que me había convertido en un mexicano de espíritu.

Ahí también me di cuenta que no es necesario poseer un pasaporte, un documento, un papel que acredite el amor a un país. Eso se lleva dentro, hondo, profundo.

Mi alma española ha tocado la puerta de mi espíritu mexicano miles de veces. Tengo tantos visados en mi esencia que no caben más. O sí, sí caben; tantos como se pueda, yuxtaponiendo unos sobre otros, acreditando con las enseñanzas a mis hijos el amor que comparto por México.

Hoy, tras cruzar la barrera de la mitad de mi vida sigo añorando a mi país, queriéndole desde la distancia, agasajándole entre melancolías que se descargan en líquidas emociones. Por eso quiero volver, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete como los siete días de la semana, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo y vivir cada uno de esos días en siete lugares distintos del país, en siete ciudades, en siete rincones perdidos o no.

Quiero disfrutar en siete restaurantes con siete amigos; en siete estados, en diecisiete, en veintisiete o en treinta y dos. Sí, en todos y abarcando todo en uno. Quiero absorberlo y deglutirlo, y aprehenderlo y asimilarlo. Y una vez pasado por el tamiz de la pasión y el corazón, entonces, entonces expandirlo por todo el planeta y divulgarlo por el firmamento.

Que vaya de boca en boca, que penetre en los oídos de todos, sin que a nadie le quede el menor resquicio de duda del orgullo que representa el ser mexicano.