Columna de Alberto Peláez

Ahmed y la guerra de Libia

Septiembre 2019
Star News - Ahmed y la guerra de Libia

Muchos encuentros bélicos tienen orígenes políticos o económicos, pero otras luchas vienen impulsadas por razones personales

Ahmed sabía que esa sería una de las postreras batallas de su vida; tal vez la última. Era demasiado joven para soñarlo porque con eso se muere uno y demasiado viejo como para empuñar un fusil.

Se empeñó en acompañarnos en la ofensiva de los rebeldes en la lucha contra los soldados de Gadafi en aquella Libia que se retorcía entre estertores en la primavera del 2011.

Conocí a Ahmed un día de calor en el que murió un civil por los disparos de un francotirador en la ciudad de Bengasi. Él era un hombre mayor, con un estómago macizo y hombros fornidos. A su hijo lo mataron los soldados de Gadafi; sus ojos estaban inyectados en rabia. Por eso quería acompañarnos, para luchar y vengar el asesinato de lo que él más quería.

Ahmed, aquel viejo rebelde nos esperaba en el hotel el día que acompañamos a los insurrectos a su contra ofensiva. Nuestro chofer tenía que llegar a las cinco en punto de la mañana. No podía retrasarse porque los rebeldes ya habían tomado Ajdabiya, una ciudad situada cuarenta kilómetros al sur de Bengasi.

Los rebeldes eran civiles, gran parte mayores, que luchaban con el corazón. No tenían apenas armas, se las habían quedado los gadafistas. Algunos portaban cuchillos y antiguos sables; otros, pistolas en desuso y viejos fusiles.

Eso no era suficiente para poder hacer la guerra a las terribles huestes de Gadafi, que llevaban un armamento sofisticado. Pero a veces, David puede contra Goliat y cuando se lucha desde el corazón, saboreando la libertad se puede vencer.

A pesar de que los gadafistas habían tomado casi toda Libia y solo quedaban pequeños reductos como la ciudad de Bengasi, los rebeldes pudieron retomar algunas posiciones aunque fue por pocas horas.

Nunca supe por qué pero el chófer nunca llegó. Ahmed conducía bien y llevaba un rifle; nos fuimos con él.

Los niños se habían subido encima de unos tanques de Gadafi que cayeron en manos rebeldes. Los adultos que lucharon disparaban al aire para festejar el triunfo de la recuperación de Ajdabiya.

Pero los rebeldes estaban imparables y aunque solo por un espacio reducido de tiempo, querían saborear el triunfo. Por eso también retomaron Brega y Ras Lanuf.

Íbamos acompañando a esos grupos de civiles que jugaban a ser soldados. Sin embargo, no pudieron pasar de Ras Lanuf. La ofensiva de los gadafistas fue inmisericorde.

En aquella ciudad fantasma, donde el silencio solo se rompía por el estruendo de los obuses, encontramos un hotel abandonado. El grupo de periodistas que acompañábamos a los rebeldes fuimos a tomar las habitaciones vacías para llenarlas de cámaras, ordenadores y magnetoscopios. Pero faltaba lo principal: la luz.

En un gesto de inconsciencia fuimos Simón —el productor de una agencia de noticias— y yo a Ben Yauad, el siguiente pueblo donde los rebeldes recibían la ferocidad de los gadafistas. Ben Yauad cayó enseguida. Los obuses se despanzurraban en las playas, en las casas y en las calles.

Quedarse representaba una muerte casi segura y nuestras vidas estaban por encima de cualquier guerra.

Volvimos al hotel de Ras Lanuf. Todos los periodistas se habían marchado. Juan —mi camarógrafo— me esperaba con mirada de miedo. Las tropas de Gadafi estaban a punto de entrar en el pueblo. Si nos encontraban nos matarían. Fue cuando decidimos volver a Bengasi, pero no todos. Ahmed me dijo que se quedaba para vengar a su hijo. Sabía que de hacerlo, muy posiblemente no viviría. Intenté persuadirle pero fue imposible. 

Nos marchamos con la televisión italiana. La munición trazadora encendía el cielo en la noche de Ras Lanuf. Parecían fuegos artificiales. Allí se quedó Ahmed mientras mi cabeza solo pensaba en volver a ver a mi gente.