Columna de Heriberto Murrieta

Afición formativa

Septiembre 2019
Star News - Afición formativa

Comprendo que es más atractivo hablar de los equipos de moda, pero en tiempos de un futbol comercial, con jugadores que cambian de colores como de calzones, resulta importante exaltar la importancia del amor a la camiseta.

El romanticismo rodó hace mucho tiempo a la alcantarilla, pero la identificación con una causa debe persistir y trae consigo cosas positivas en el desarrollo de las personas.

Mis cuadernos escolares están llenos de monigotes vestidos de azulgrana y escudos del Atlante, dibujados en plena hora de clases.

Ahora mismo no recuerdo bien por qué mi padre era partidario de tan humilde escuadra, pero me queda claro que heredé automáticamente su afición hacia los Potros de Hierro.

La emoción me desbordaba, literalmente, cuando sabía que él me llevaría al Estadio Azteca, ya en jueves por la noche, ya en domingo al mediodía, para ver jugar a mis ídolos.

Sentía mariposas en el estómago y miraba bucólico el cielo, a través del agujero del salón escolar, imaginando las jugadas de los once morenos vestidos de azul y grana.

Durante toda mi infancia, el Atlante nunca fue un equipo ganador. Al contrario, se fue a la Segunda División el 29 de julio de 1976 —yo tenía diez años— tras caer en el marcador global ante los Cachorros del Atlético Potosino y las lágrimas brotaban al tiempo en que mi banderola, sacada por la ventanilla del auto, se deshilachaba sobre el asfalto del Periférico.

Ya resignados mi padre y yo, asistimos a todos sus partidos como local en el circuito de ascenso en el mismo Coliseo de Tlalpan, hasta que regresó a Primera heroicamente al año siguiente en la ciudad de Querétaro, con bronca de los bravos porristas incluida.

Paradójicamente, ese día falleció el legendario alero catalán Martín Vantolrá, antiguo campeón con el Atlante en el campeonato 1946 – 1947. El Maestro aparece en la inspiradora película “Los hijos de don Venancio”, protagonizada por el célebre actor guanajuatense Joaquín Pardavé y su compañero de equipo Horacio Casarín.

“Irle” al Atlante ha sido formativo a lo largo de mi existencia porque ha despertado en mí valores como la fidelidad, la paciencia y el cariño a unos colores, así lo arrumben o no lo refuercen o se lo lleven de la Ciudad de México, a la que seguirá perteneciendo simbólicamente esta leyenda barrial.

El Atlante ha descendido a la Segunda División nada menos que cuatro veces. Ahora mismo lo encuentro desarraigado y despersonalizado. Juega en Cancún y no puede ascender a Primera porque no está “certificado”.

Pero la bandera no se cambia nunca. Dice un compadre que puedes cambiar de lo que sea, menos de equipo de futbol.

Celebro que el Potro llegará pronto a 103 años, pero nada me daría más gusto que regresara a la Ciudad de México, en cuyos polvorientos llanos surgió un grupo de humildes obreros que pateaban una pelota formada con medias y luego un balón para sentar las bases de uno de los clubes más antiguos de nuestro país.